Ponencia presentada
en el Foro contra la prisión política y por la libertad de Alberto
Patishtan, realizado en San Cristobal de la Casas, Chiapas (México).
“Si me preguntaran qué es la cárcel, os respondería sin dudar
que es el basurero de un proyecto socio-económico determinado, al cual
arrojan a todas aquellas personas que molestan dentro de la sociedad:
por eso la cárcel alberga principalmente pobres”.
Xosé Tarrio
Prisión política.

La
prisión, tal como la conocemos, surge ante la necesidad del naciente
capitalismo del siglo XVIII de dotarse de un instrumento para controlar
y disciplinar la nueva sociedad. Con la consolidación de la burguesía y
sus ideas de humanismo ilustrado se empieza a dejar atrás los actos
públicos de castigo, los cuales fueron tachados de escenas repugnantes
por los intelectuales de la época.
Michel Foucault afirma que: “el sistema de la prisión, quiero decir,
de la prisión represiva, de la prisión como castigo, fue establecido
tardíamente, prácticamente al fin del siglo XVIII. Antes de esa fecha
la prisión no era un castigo legal: Se aprisionaba a las personas
simplemente para retenerlas antes de procesarlas, y no para
castigarlas, salvo casos excepcionales. Bien, se crean las prisiones,
como sistema de represión, afirmándose lo siguiente: la prisión va a
ser un sistema de reeducación de los criminales. Después de una estadía
en la prisión, gracias a una domesticación de tipo militar y escolar,
vamos a poder transformar a un delincuente en un individuo obediente a
las leyes.”[i].
Ya no se busca castigar al cuerpo directamente a través del escarnio
público y los castigos corporales, aunque estos siguen estando
presentes, si no que se pretende castigar y romper la voluntad de la
persona. Aunque las penas de privación de la libertad recaen
directamente en el cuerpo, este ya no está en la misma relación con el
castigo, ahora el cuerpo es más bien un intermediario, pues si se le
encierra es para privar al individuo de algo más: su libertad y
voluntad.
Así, el verdugo se vio sustituido paulatinamente por un sistema de
castigo más acorde con las ideas de la Modernidad burguesa y de la
sociedad que se empezaba a configurar. Una sociedad en la que se
pretende que toda actividad humana sea vista en términos de mercancía.
Tanto tienes, tanto vales. ¿Qué quieres decir o hacer y cuanto puedes
pagar por ello? Y por supuesto que el naciente sistema punitivo no
estaría exento de esta lógica. ¿Qué delito cometiste, que daño hiciste a
la sociedad? y en función de eso se determinará tu condena. Es lo que
el derecho penal llama “teoría retributiva de la pena”, es decir, pagar
con tiempo en prisión el delito cometido, convirtiendo al tiempo en
valor de cambio.
La prisión jugó, y juega, un papel decisivo, junto a la fábrica, la
escuela, los hospitales, etc., en la constitución de las “Sociedades
disciplinarias”, es decir, de las sociedades en las que las costumbres,
normas, hábitos y prácticas productivas son regulados por
instituciones basadas en la disciplina que buscan vigilar y controlar
mediante el castigo y la recompensa. Es en relación a ellas, y los
valores sociales que las sustentan, que se establece lo que es bueno o
malo, estructurándose así las relaciones sociales según estos
parámetros.
Es así que desde su nacimiento, la prisión ha servido a los
intereses de la clase dominante y el Estado. Encontramos también que
desde su surgimiento, la prisión ha cumplido una triple función: por un
lado la producción de un sujeto funcional al capital: la delincuencia,
cuyo control y aprovechamiento es muy bien utilizado por el Poder, por
otro, el control de la sociedad a partir de las resonancias de la
cárcel, llevando el control y el miedo más allá del individuo preso y
por último, ser un espacio en donde arrojar a los individuos
disidentes.
En suma, el sistema carcelario, la cárcel, es un claro ejemplo de
una sociedad completamente basada en el poder, la dominación y la
violencia, un ejemplo de la sociedad modelo para el sistema
político-ecónomico.
Ante esto, el individuo tiene tres opciones:
Hace falta hacer mención, que la población carcelaria, tanto en
México, como en cualquier país, es principalmente pobre, una pobreza
generada por el sistema, es decir, las cárceles están destinadas
principalmente para la población que no tiene la capacidad de
satisfacer sus necesidades básicas, que se ve obligada al delito, ya
sea para satisfacer dichas necesidades, o para cumplir con los cánones
de la sociedad, donde lo importante es tener propiedades y nivel
adquisitivo, una población que no puede comprar la justicia, ni
contratar una defensa jurídica de calidad.
Encontramos entonces que la prisión es una posible consecuencia de
la decisión de enfrentarse a un sistema injusto, pues es una de las
respuestas que la clase dominante da a las aspiraciones libertarias de
los pueblos; aspiraciones que entran en contradicción frontal con los
intereses de los grupos en el poder.
Como ya vimos, todo encierro tiene un trasfondo político, pero para
efectos de este foro y sus trabajos, caracterizaremos como “prisión
política” al encierro de aquellos, hombres y mujeres, que luchan, se
organizan y enfrentan de diversas maneras al Estado y sus instituciones
para derrotarlo y cimentar una nueva sociedad basada en otros valores.
La prisión política funciona como una forma de control duro y es un
instrumento que busca directamente el aislamiento y la inhabilitación
física y mental de los luchadores sociales, activistas y
revolucionarios, para despojarlos de su voluntad de luchar. Con ella se
busca erradicar y o anular los diferentes movimientos de resistencia.
Mediante la cárcel, el Estado básicamente pretende mandar un mensaje
coercitivo y disuasorio. Busca así frenar la expansión de la
desobediencia mediante el castigo ejemplar, ya sea individualizado o
colectivo.
Nos tomaremos un momento para ahondar en el castigo como mecanismo
de control. Recordemos que el castigo es la columna vertebral del
sistema penitenciario. El concepto de castigo está estrechamente ligado
al de obediencia. Desde pequeños nos enseñan que debemos obediencia a
la familia, la escuela, la iglesia, el trabajo, las leyes, el gobierno;
en resumen, a la autoridad y que si desobedecemos merecemos un
castigo.
Nosotros como anarquistas no compartimos esta idea, por el
contrario, alentamos donde lo vemos al espíritu de rebeldía y
desobediencia ante la autoridad. Esto no quiere decir que fomentamos
conductas antisociales. No hay que confundir. Llamamos a todos a
insubordinarse ante el estado de cosas que nos quieren imponer para así
poder instaurar un sistema de convivencia en libertad, en el que no
exista más explotación y dominación.
Muchas veces se nos ha cuestionado como anarquistas que proponemos
en cambio de las cárceles y el castigo. Pues bien, la respuesta es
simple pero no sencilla. Nosotros decimos que cuando empecemos a vivir
en libertad, sin opresión y explotación de ninguna clase; cuando todos
podamos vivir dignamente sin ambicionar lo de los demás pues nuestras
necesidades están satisfechas los delitos tenderían a desaparecer, pues
la mayoría de ellos en el fondo son ocasionados por las dinámicas del
sistema, por un lado, los delitos contra la propiedad, que surgen de la
necesidad de cubrir necesidades económicas básicas, o bien para cubrir
las necesidades implantadas por el sistema de adquirir propiedades,
nivel adquisitivo para merecer respeto, y por el otro, los delitos
ocasionados por la dinámica de dominación sobre el otro u otra, donde
se nos enseña por ejemplo que ser hombre, es ser dueño del cuerpo, la
vida, la sexualidad de la mujer, que ser padre es ser dueño de la vida
del hijo, y así los etcéteras que se puedan enunciar, en suma, una
dinámica donde es natural dominar y ser dominado, y donde el dominador
puede disponer de la vida, la voluntad, la integridad, la sexualidad
del otro u otra. Cuando la injusticia social, la inequitativa
repartición de la riqueza y las relaciones de poder y dominación
desaparezcan, desparecerán los delitos. Claro que podría ser que aun
estas condiciones de libertad y abundancia se cometieran actos que
atentaran contra la comunidad, pero estos serian resueltos mediante la
acción comunitaria, no de castigo y encierro, sino de que el individuo
se reinserte en su comunidad, en vez de aislarlo y castigarlo.
Nos podrían decir que para que estas condiciones existan falta
mucho, nosotros esperamos que no tanto, lo cierto es, que por lo pronto
no es así. ¿Qué hacer entonces?, lo primero es no dejar de luchar por
la libertad, no importa si esta la obtenemos hoy mañana o en 100 años,
lo importante es luchar hoy, mañana y en 100 años por ella.
Empezar a poner en práctica otra idea de convivencia alejada de la
idea obediencia/castigo, desde nuestros lugares, en nuestros ámbitos.
Darnos cuenta que no necesitamos leyes y policías, de cualquier índole,
para vivir en paz.
Aprender de experiencias de justicia y convivencia comunitarias que
nos ayuden a alcanzar la libertad. La experiencia de las comunidades
indígenas chiapanecas, oaxaqueñas y de Guerrero, en este sentido, son
muy ricas. No decimos que son las mejores simplemente señalamos que
existen otros caminos diferentes al que nos imponen.
Volviendo al punto de la prisión política, es necesario decir que
siempre existirá quien se oponga a este sistema, pues en un mundo
regido por la competencia de mercado, que privilegia las ganancias
económicas sobre la vida; en un país como en el que vivimos donde más
del 86% de la población vive en condiciones de pobreza y esta cifra
aumenta cada año y los que nos gobiernan no hacen nada por revertir
esta situación, pues para que ellos sean ricos debemos de haber
millones de pobres; en una sociedad en las que los canales de
participación política están acotados a elegir cada seis años a nuestros
verdugos entre los partidos políticos que no representan más que a sus
intereses, protestar no es sólo un derecho, es una obligación.
En México, no existe un censo total de las personas que están
encerradas en prisión por su participación política, sin embargo, hay
organizaciones de defensa de DDHH que hablan de más de 500 presos
políticos en el país. Los hay pertenecientes a organizaciones
político-militares, sindicalistas, defensores del medio ambiente,
campesinos, indígenas, hombres y mujeres.
A pesar de la diversidad tan grande y las diferencias que pueden
existir entre cada uno de los casos de prisión política, una cosa
tienen en común entre ellos, que el Estado mexicano niega la existencia
de presos políticos en el país. El Estado mexicano, no importa el
nivel de gobierno ni el color del partido del que haya emanado, nunca
admitirá que encierra a personas por razones políticas, Esto se puede
explicar por diversas razones, una de ellas es el intento de ocultar a
los ojos de la población la existencia de un conflicto social latente y
vivo, presentando a los luchadores sociales como delincuentes del
orden común o peligrosos terroristas que intentan desestabilizar al
país con quien sabe que oscuros intereses. Recordemos como ejemplos la
campaña en contra de los zapatistas en 1994, el linchamiento mediático a
los estudiantes en huelga en 1999 o más recientemente lo sucedido en
Oaxaca y Atenco y hace pocas semanas contra los estudiantes de
Michoacán, en donde cientos de activistas sociales fueron detenidos y
presentados mediante los medios masivos de comunicación como vándalos
violentos. Es la criminalización de la protesta social.
Como activistas sociales en permanente tensión con el Poder, debemos
estar preparados para ello. Si cuestionamos y nos enfrentamos al
sistema, tenemos que esperar una respuesta basada en la fuerza y la sin
razón, acompañada y reforzada por una campaña de criminalización. No
queremos decir con esto que toda acción que emprendamos será tratada de
esa forma. No es nuestra intención difundir desanimo ni sembrar
miedos; por el contrario, señalamos esto, que de ninguna manera es una
opinión que pretenda presentarse como la de alguien experto, para
llamar la atención sobre la necesidad de estar preparados en caso de
represión. Recordar que la mejor manera de enfrentar la represión y
criminalización es la movilización y organización.
Desde nuestra experiencia, hemos identificado diferentes niveles en
los cuales actúa la prisión política. En cada uno de ellos se enfrentan
dos ideas encontradas y cada uno de ellos puede ser tomado y analizado
por separado, pero según nuestra visión, cada uno forman parte de un
mismo entramado y actúan de manera complementaria entre ellos, por lo
que la lucha en contra de la prisión política se debe dar en cada uno
de ellos y contra todos.
Abordemos primeramente el nivel en el que se enfrentan dos ideas de
Derecho Penal. Como ya mencionamos, el Estado no reconoce la existencia
de la prisión política, y para ello cuenta con toda una legión de
jueces, actuarios, secretarios, ministerios públicos, etc., para montar
y crear acusaciones, distorsionar hechos a conveniencia, falsear
declaraciones y dictar sentencias a modo.
El caso que nos convoca el día de hoy es ejemplificante en este
sentido. Como sabemos, en junio de 2000 en el municipio del Bosque
existía mucha actividad política, razón por la que la policía realizaba
patrullajes. El día 12 de junio gente armada emboscó en la carretera
cerca de Las Limas, una patrulla que llevaba 9 personas, 7 perdieron la
vida y 2 resultaron lesionadas, un elemento de la PSP y al hijo del
presidente municipal de El Bosque que conducía el vehículo.
La Procuraduría General de la República atrajo las investigaciones.
El policía sobreviviente antes de desmayarse refirió haber visto a un
hombre vestido de civil y encapuchado. Nada pudo atestiguar. El hijo
del presidente municipal perdió el sentido por los disparos y fue en el
hospital donde firmó (o se falsificó su firma) un papel acusando al
profesor Patishtán y a Salvador González.
El de los hechos el profesor Alberto participaba en una reunión
oficial, existe un oficio y el control de listas de asistencia, así
como el testimonio de sus compañeros maestros en la reunión, que
demuestran lo imposible de la acusación.
Al volver a su casa, observó vehículos ministeriales y federales,
realizando revisiones minuciosas. Al llegar a su comunidad, había en la
gente inquietud y miedo, por lo que se convocó una reunión, decidiendo
suspender toda actividad con el presidente municipal.
El 19 de junio de 2000 siete días después de la emboscada, cuando
iba a su trabajo, 4 hombres de civil bajaron de una camioneta y se lo
llevaron sin decir nada ni mostrar orden de aprehensión.
Su detención es considerada ilegal, pues se dio sin orden de
aprehensión. En las oficinas de la Procuraduría en Tuxtla Gutiérrez,
fue obligado a rendir declaración sin abogado presente. En la agencia
del Ministerio Publico se le unto una sustancia en manos, oídos y pies.
Después de esto, le dijeron que los resultados arrojaban que él había
disparado un arma de fuego.
A pesar de las pruebas a favor de la inocencia del Profe, un año
después de los hechos el hijo del presidente municipal, declara que vio
a Patishtan, en la emboscada, que le pegó cuando estaba caído y que
tenía la cara descubierta, testimonio contradictorio con el del policía
herido en los hechos, quien refirió que los asaltantes iban
encapuchados, lo que sentó las bases para que el 18 de marzo de 2002
fuera sentenciado a 60 años de prisión. Se siguieron los canales
habituales, apelando la sentencia, la cual fue confirmada el 21 de
agosto 2002. Se promovió un amparo directo, y el 11 junio 2003, el
amparo fue negado.
Como decíamos, en este nivel se enfrentan dos ideas de Derecho
Penal. Por un lado, el uso arbitrario de las leyes por parte del Poder y
los gobiernos para montar acusaciones y dictar sentencias, y por otro,
la idea del debido proceso legal, en la que si el proceso jurídico se
apegara a Derecho, si las leyes se cumplieran, muchos de los detenidos
por razones políticas ni siquiera pisarían la cárcel. En ese sentido es
de reconocerse el trabajo de abogados solidarios.
Estos métodos los emplea el Estado sin distinción entre si el
acusado realizó o no la acción de que se le acusa. La crítica de este
nivel se queda en el ámbito del Derecho mismo.
El segundo nivel lo ubicamos estrechamente ligado al uso faccioso de
las leyes, pues este no se explica si no entendemos que los jueces y
ministerios públicos son representantes de un grupo dominante que
echará mano de cualquier medio para defender sus privilegios. Esto nos
explica porque a pesar de las buenas gestiones de los abogados
defensores, los presos políticos continúan privados de su libertad,
pues mientras exista este conflicto de intereses entre los grupos
dominantes y los diferentes sectores de la población, organizada o no,
existirá la prisión política. Aquí encontramos pues, el conflicto entre
dos ideas de administración de la justicia, la idea de que la justicia
es administrada según los intereses de clase.
Ilustremos esto con parte del discurso pronunciado durante su juicio
por Augusto Spies, uno de los acusados por los hechos de Haymarket en
Chicago en 1886:
“Al dirigirme a este tribunal lo hago como representante de una
clase enfrente de los de otra clase enemiga, y empezaré con las mismas
palabras que un personaje veneciano pronunció hace cinco siglos ante el
Consejo de los Diez en ocasión semejante: Mi defensa es vuestra
acusación; mis pretendidos crímenes son vuestra historia.”[iii]
La crítica a este nivel trasciende ya el ámbito de lo jurídico, para situarse en un posicionamiento de clase y social.
La crítica y lucha contra estos dos niveles de la prisión política
puede, y es, compartido por diferentes tendencias del movimiento
social. Nosotros dimensionamos un tercer nivel de la prisión en general
y de la política en particular, y trasciende la parcialidad de los
jueces, la impugnación de un proceso amañado o la administración
clasista o facciosa de la justicia. Es la apropiación de la posición
para juzgar y dictar sentencias por parte de alguien. La idea de que
puede existir una institución por encima de las sociedades y pueblos
capaz de vigilar y controlar, con la capacidad de castigar a cualquiera
que se atreva a poner en duda los presupuestos sobre los que se
cimienta su dominio.
En este nivel no importa ya la culpabilidad o no de los acusados,
pues eso no es lo que está a discusión, no es ya una cuestión jurídica o
administrativa, sino que lo que se debate y enfrenta es la idea de
Libertad en contra de la Autoridad. Es la oposición entre igualdad y
jerarquía lo que encontramos en este nivel.
Citemos un párrafo del texto “jueces” de Carlos Rodolfo González
Pacheco, figura prominente del anarquismo rioplatense, consumado
escritor, periodista, dramaturgo y orador
“Con el pie sobre el cuello de la víctima, el juez ya no ve sino
sangre ni siente otra cosa que odio. Es una bestia confiada en su
impunidad, y convencida, también, que eso la honra y la talla, la saca
por arriba de los hombres como a algo grande, sereno y respetable…
Sería curioso saber en qué abismante locura funda su creencia de ser
superior al criminal que condena; con qué se lava las manos para no
manchar a sus hijos después que mata; dónde pone la conciencia para
dormir; cómo resiste, en fi n, la tentación de ahorcarse.
En el fondo, todos los tribunales son lo mismo; todos los jueces. Y
no variarán de esencias si, en vez de la burguesía, salen del pueblo.
Sea de hierro o de cristal el frasco, el líquido autoridad hiede y
envenena igual; si se le destapa y se le esparce. El poder de
sentenciar: ¡ése es el crimen!” [iv]
Para ir concluyendo con este tema, podemos decir que mientras
existan privilegios y privilegiados habrá desigualdad social, y
mientras exista desigualdad social, la lucha en contra de ella
continuara brotando desde los campos y las ciudades. Y a la lucha y
organización el Poder siempre opondrá mecanismos como la prisión para
exterminarla. No se puede entender la prisión, política o social, sin
el capitalismo, la dominación y la explotación y para acabar con ella,
es necesario también acabar con las relaciones sociales que permiten la
reproducción del sistema.
La lucha contra la prisión política debe ser también la lucha en
contra del capital. Debemos entender y practicar, la solidaridad como
un eje integral de la lucha contra el capitalismo y su explotación.
Pensamos que la solidaridad con perspectiva anticapitalista debe de
alejarse de falsos debates entre Inocencia o culpabilidad, pues esto
fortalece el discurso del Poder. Nuestros compañeros no deben estar en
prisión, no porque sean inocentes, sino porque las prisiones no deben
de existir.
El asumir e incorporar a los compañeros en prisión como participes
activos en la guerra contra el capital se hace imprescindible; su lucha
es la nuestra; no se trata de luchar por los presos, sino de luchar
con ellos por su libertad y la destrucción de las prisiones.
La solidaridad es nuestra arma; debemos atacar con ella, liberando todo el potencial que genera el apoyo entre iguales.
Al respecto, nos queda claro que la cárcel, y el sistema carcelario
en su totalidad, son una institución dirigida a romper individuos,
voluntades, lasos sociales, generar individuos dóciles al poder y al
sistema, intenta acostumbrar a los y las presas, y con ellas a la
población en general, a que el poder está ahí, que es necesario, y
temible, ante el cual hay que sojuzgarse, y cuando se pueda, sojuzgar
al otro y la otra. Es una institución basada en la dominación
institucional, jurídica, policiaca, e individual, que se basa en
generar miedo al castigo, miedo a romper las reglas establecidas por el
sistema, miedo a romper con el poder político, económico, cultural y
social y con sus dinámicas.
Ante una institución con tales objetivos (destruir las voluntades de
los individuos, comunidades y sociedades), a nosotros, nos toca
hacerle frente por medio de la solidaridad, la cual es un deber como
compañeros, compañeras, pero también una herramienta, mediante la cual,
poder aminorar los efectos que la cárcel busca generar en los
individuos, mediante la cual, podemos contrarrestar ese miedo, esa
pretensión de arrebatar voluntades. Con nuestra solidaridad, rompemos
esos muros grises, aunque sea a un nivel simbólico, contrarrestando ese
aislamiento y miedo que la cárcel implica.
Cruz Negra Anarquista México.
Mayo 2012
San Cristóbal de las Casas, Chiapas.
[i][i] Foucault Michel. “Las Redes del Poder”.
Transcripción de la conferencia proferida en 1976 en la Facultad de
Filosofía de la Universidad del Brasil. Publicado en la revista
anarquista “Barbarie” N° 4 y 5 en 1981-82, San Salvador de Bahía,
Brasil.
[ii] Malatesta, Errico, citado en “Cappeletti, Angel, #El pensamiento de Malatesta, idealismo ético y socialismo libertario”
[iii] Discurso de Augusto Spies ante los jueces, tomado de la Edición Digital de Editorial Antorcha “Los Mártires de Chicago”
[iv] González Pacheco, Carlos Rodolfo. “Los jueces”, citado en D´Auria, Anibal, “El discurso anarquista en sede judicial”
Fuente: http://materialanarquista.espiv.net/2012/05/24/chiapas-mexico-la-prision-politica/#more-9991